Christian Poveda

Edu Ponces
cartas@elfaro.net
Publicada el 03 de septiembre de 2009 – El Faro

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Christian Poveda era un cuate y un colega.

Cuando yo era editor de fotografía de El Faro y montamos la exposición del primer año de la sección, Christian fue quien la curó. En buen salvadoreño, “nos dimos verga”; y parimos una buena expo.

Era de esos tipos cuyo tono de complicidad casi suena a regaño. Vieja escuela. De los que se curtieron la piel en la guerra en El Salvador y en otras muchas más en Latinoamérica y el resto del mundo.

Recuerdo que durante una Plática le preguntamos por qué había decidido pasar más de un año documentando la cotidianidad de las pandillas en El Salvador, que cuál creía que era la utilidad de su trabajo. Contestó sin dudarlo: El Salvador es el ejemplo para el mundo de todo lo que no hay que hacer en el tema de la violencia.

Es curioso cómo cuatro disparos en la cara pueden dotar de  tanta fuerza unas palabras.

Pero no nos confundamos, Christian es sólo uno de los diez de hoy. Este domingo será uno de los 70 de esta semana y el próximo 30 de septiembre, uno de los 300 de este mes. Solo que esta vez es un periodista, un cuate, un colega. Hoy han matado a un compañero de armas, uno más de este pequeño, pobre y a veces suicida ejército que formamos los que creemos que las cosas no se cambian para bien con pistolas, sino con cámaras, libretas y lapiceros.

La verdad, hoy es de esos días que dan ganas de dejarlo. Agarrar un trabajo de oficina y salir temprano todas las tardes para echarme en una manta con mi sobrino y pasar horas aprendiendo a gatear.

Pero hoy también es de esos días en que dos grandes verdades se imponen como dos mazazos. La primera es que si miras mucho en la garganta del león, al final te come. La segunda es que hoy, más que nunca, hay que seguir mirando ahí. A ver si por fin podemos entender algo de este absurdo, a ver si entonces podemos empezar a cambiar esta locura, esta guerra.

Porque hay que tenerlo claro: a Christian Poveda lo mató una guerra. O al menos algo que, aunque se llame de otro modo, está hecho de la misma masa podrida y sin sentido con la que se hacen las guerras.

La última vez que vi a Christian fue hace exactamente un año, en el festival Visa Pour l’Image en Perpignan, Francia. Se estrenaba su película y cuando me disponía a agarrar uno de los audífonos de traducción simultánea noté una fuerte palmada en la espalda como la que el dueño de una tienda le propinaría a un niño al que sorprende robando. Y otra vez, el tono cómplice y regañón: “¡Que haces! ¡Tú no necesitas uno de esos!”

No sé qué harán mis compañeros de profesión pero yo esta noche voy a maldecir esta mierda de mundo y a toda la gente que hace y permite que siga siendo así.

Mañana, aunque cueste, agarraré la cámara y saldré a trabajar.

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