Christian Poveda: Perfil

Su fama de fotoperiodista riguroso lo volvió célebre en El Salvador. Muchos lo justifican por su enorme fogueo como periodista freelance y por la cantidad de guerras que cubrió desde 1977, incluyendo la salvadoreña, que presenció desde 1980. Leal, buen cocinero, comprometido con sus proyectos y de abundante reflexión, Poveda regresó a un El Salvador de posguerra en 2004. “De muchas acciones y pocas palabras”, lo describen algunos. Buscó siempre la consolidación del gremio de fotoperiodistas, además de la erradicación de la violencia entre los pandilleros a través del diálogo junto al gobierno y la sociedad.

El Festival recibió con terrible tristeza el asesinato de Christian Poveda

Hay sala llena. Una audiencia variopinta espera la proyección de la película sobre la vida en una mara. Se completa el aforo y no cabe ni un alma. La próxima función, este sábado gris, es hasta dentro de tres horas y por eso los inconformes, afuera, fruncen el ceño. Adentro, solo el silencio y muchos ojos bien abiertos. Las luces se apagan; la pantalla se ilumina: sobre un fondo negro una mano invisible pinta “La vida loca”. El filme abre con policías y soldados que se preparan para una redada de pandilleros, los protagonistas de la velada en esta sala de proyecciones. Música gansteril, un hip hop pesado retumba en los tímpanos. Irrumpen las imágenes de un funeral, los llantos de quien perdió a su hombre, los rostros impasibles de los demás homies… los susurros en la sala, muchos ojos abiertos, bien abiertos, como cuando un niño conoce el mar. Tatuajes, amor, heridas, orgullo, familia, sangre… Jorge Dalton, cineasta salvadoreño, al terminar la película, invita a la audiencia a la catarsis. La invita tal como lo hizo con Christian Poveda para que este se animara a proyectar la película. Las intervenciones ante el micrófono no cesan: Christian, periodista valiente, ejemplar. Dejó un trabajo invaluable. Gran legado el de Christian. Christian humanista, comprometido con la verdad. Todas son palabras bonitas. Frases que a cualquiera le place oír.

Pero Christian no escucha nada. No está. Lo mataron, como a otros nueve salvadoreños, el 2 de septiembre. A él, fotógrafo español y documentalista ligado a El Salvador desde hace 29 años, le cayeron dos tiros. A él, que cubrió cuanta guerra tuvo enfrente, lo que le importaba era que la gente reflexionara con sus fotos y películas.

Esta tarde de sábado, en la sala de proyecciones, las preguntas y los comentarios de la audiencia parece que le rinden honor.

Christian Poveda Ruiz nació el 12 de enero de 1955 en Argelia, al norte de África. Su familia vivía en España, pero con el estallido de la Guerra Civil en 1939 tuvo que huir a Argelia, que en ese entonces también peleaba por su independencia de Francia. Cuando Christian tenía seis años, su familia se refugió en París, después del triunfo de los independentistas argelinos. Fue en Francia que el futuro documentalista gestó su gusto por las imágenes ante un mayo del 68, un auge de los movimientos estudiantiles de izquierda y, un poco después, la guerra de Vietnam. En 1977 publicó su primer reportaje: diez páginas para un semanario francés sobre la lucha del Frente Polisario contra los países invasores de Marruecos y Mauritania. A partir de entonces visitó otras tres veces el Sahara Occidental y retrató la guerra en otros países: Iraq, Irán, el Líbano, Sierra Leona, Camboya, Nicaragua, Perú… hasta llegar a El Salvador.

Fue en enero de 1980 que la revista Time Magazine lo envió al Pulgarcito. El arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, ya incomodaba al gobierno militar de turno y Poveda estuvo con el religioso hasta dos días antes de su asesinato el 24 de marzo de ese año. Luis “la Muñeca” Romero, fotógrafo salvadoreño que por entonces cumplía 25 años, igual que el franco-español, conoció al fotoperiodista en el lobby del Hotel Intercontinental. Poveda era de aquel grupo de extranjeros –James Natchwey, Susan Meiselas, Harry Mathis, etcétera– que habían llegado al país cargados de tecnicismos alejados de la base empírica de los fotógrafos salvadoreños. “Pero Christian se metía con todos, era ameno, chistoso, no era orgulloso, para nada”, apunta Romero.

Christian desaparecía del hotel por semanas enteras. A veces meses. De pronto, aparecía con su porte alto, su espalda ancha, su cabello corto ligeramente recortado y sus lentes perennes. Así regresó en 1981, de manera clandestina, durante la primera ofensiva guerrillera, con las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), en Chalatenango. Los contactos para infiltrarse habían salido en París, gracias a la lengua que hablaban sus padres, el español. Había conocido a Roberto Armijo, escritor salvadoreño de la Generación Comprometida de la década de los cincuenta, representante del recién coaligado Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Los comandantes que le dieron entrada en los campamentos ahora miran con recelo las fotografías que entonces Poveda tomó de los guerrilleros y en las cuales diluía sus identidades con la de los principales líderes de la revolución mexicana de 1910. Pero hay artistas contemporáneos que califican la obra como exquisita.

Casi 25 años después, Poveda retomará el conflicto armado salvadoreño y, lejos de cualquier anacronismo, se centrará en una de sus consecuencias sociales más tangibles: la mara.

A Christian lo atrajo la violencia. Le interesaban sus causas, pero también la fórmula para prevenirla. Después de años de investigación, concluyó que estas eran un producto inherente de una sociedad descompuesta. Pero al principio, en 2004, cuando envió los primeros correos e hizo las primeras llamadas desde Francia, quizás no lo tenía claro.

Fue Luis “la Muñeca” Romero uno de los primeros en recibir comunicación desde el otro lado del Atlántico. Christian quería saber si su colega conocía pandilleros o lugares donde ellos estuvieran asentados. Lo puso en contacto con la organización Homies Unidos que ya tenía años trabajando a la orden de los tribunales en la reinserción laboral de jóvenes en conflicto con la ley, incluso pandilleros. El contacto con la jueza de menores Aída Luz Santos de Escobar fue casi inmediato. Ella permitió que Poveda y otro periodista francés presenciaran una audiencia judicial con jóvenes y después entrevistaron a menores reclusos en Tonacatepeque. Santos quiso mostrarles el lado humano escondido detrás de toda conducta delictiva. Poveda pronto tramitó solicitudes formales a la Dirección de Centros Penales para entrevistar a más pandilleros. Cada charla era una respuesta sociológica a la violencia. También les tomó fotografías y las expuso en el Photo Café, en la colonia Roble de San Salvador, un bar frecuentado por el gremio periodístico y donde el argelino acostumbraba a hablar de sus proyectos con sus amigos. En el bar también discutía con sus colegas: para seleccionar fotos de las distintas exposiciones septembrinas de ES Photo, Poveda rechazaba muchos trabajos. En tono más sensato que quisquilloso, argumentaba que no era nada personal, sino que había carencias conceptuales y exiguos parámetros estéticos. Con su acento afrancesado, Poveda criticaba para construir.

De manera paralela, el fotoperiodista ya había decidido emprender una excursión al interior de las pandillas para intentar ofrecer soluciones a la violencia. El lazo con Homies Unidos entonces se estrechó. Luis Romero, ex pandillero y directivo de Homies, recuerda que habló con Poveda, por primera vez, en la colonia La Campanera de Soyapango, esa urbe de cientos de pequeñas casas. Ambos discutieron sobre las mejores formas de prevenir la delincuencia y la violencia.

La Campanera, entonces, vio nacer el proyecto de una panadería administrada por pandilleros. Un horno de segunda mano y un local dentro de la colonia que se arrendó por seis meses fue el aporte de Poveda. A cambio, recibió el visto bueno para filmar su documental: al menos quince jóvenes abrieron sus vidas a la cámara. “Si ese es tu corazón, y esa es tu forma de pensar, creemos que no venís con ‘vivianadas’, como han venido los demás medios”, le dijeron. Romero asegura que los 10 meses que funcionó el negocio, el hostigamiento de la mara a los vecinos disminuyó en buena proporción.

Poveda convivió con la clica desde febrero de 2006 a mayo de 2007. Fueron frecuentes sus muestras de solidaridad para con la comunidad, con sus problemas económicos e incluso de salud. “Estoy seguro de que todos te van a decir que era un excelente profesional, pero la calidad humana de Christian también era grandísima”, dice un colega.

En marzo, durante una entrevista con Carmen Aristegui, de CNN en México, Poveda debe responder cuál es su reflexión final después de tanta análisis de los pandilleros:

—Es un problema que tiene que ver con la delincuencia, pero más que todo es un problema social que hay que resolver de esa forma. Las políticas de represión (han sido) un fracaso. Con el gobierno de Mauricio Funes habrá mayor prevención y rehabilitación, pero si no se logra una paz entre las dos pandillas todo eso no servirá de nada. Hay que sentarse con las dos pandillas.

—¿Quién los sienta, Christian?

—…Alguna gente los va a sentar.

—¿Crees que sí?

—Sí.

—¿Tienes una idea de quién puede ser?

—Sí, pero por ahora no lo puedo decir. Hay una voluntad de ellos, eso es lo más importante. Hay una discusión interna y están estudiando el caso, va a ser algo muy difícil. Son 20 años de guerra, de odio, de muertos, hay muchas ganas de venganza, pero no hay otra solución. Hay personas dentro que ya comenzaron a entenderlo y ahí vamos.

No son pocos los que confirman que Poveda buscaba un diálogo entre las pandillas y el gobierno, y un acercamiento con la sociedad a través del filme. ¿Lo logró? Homies Unidos asegura que este año ya hubo dos acercamientos entre las pandillas rivales aunque no hayan estado ligados exclusivamente a los esfuerzos del fotoperiodista. Uno de los encuentros ocurrió en febrero, cuando se pactó una tregua de ataques por un mes. Homies dice que se cumplió a cabalidad y aunque hubo 330 fallecidos ese mes ¿quién asegura que no fueron pandilleros?

Poveda era un urdidor de proyectos. Incansable, empujaba a sus colegas para hacerlos posible. Lissette Lemus, de El Diario de Hoy, recuerda que debía presentarle una selección de sus mejores fotografías porque el plan era subir su portafolio a la web: “Me decía que no fuera perezosa y que buscara más fotografías”. Lemus, ganadora del World Press Photo, considera que uno de los grandes aportes de Poveda fue unir al gremio a través del ES Photo, las exhibiciones itinerantes y los foros de diversa temática.

Tenía confidentes y manos derechas para cada plan que rondaba su cabeza. Luis Galdámez, fotoperiodista de Reuters, iba a ser su cómplice para un festival internacional de fotografías en Suchitoto, donde Poveda y su compañera de vida pensaban ir a vivir. Christian acababa de regresar de México con nuevos contactos y más ideas para montar el festival en 2010. “También quería poner un hostal, invitar a sus amigos y sembrar un bosque. Me dijo que tenía 200 semillas”, cuenta Galdámez.

Uno de esos granos lo recibió como regalo la ex jueza Santos, ahora presidenta del Consejo Nacional de Seguridad Pública y vecina de Poveda. Una fuerte amistad, basada en los mismos ideales, los unía. Poveda se ofreció como intérprete de Santos a lo largo de un viaje de ella para conocer programas de prevención de la violencia en Francia y además le contó lo flechado que estaba de una salvadoreña que había conocido en 2004. La fuerte amistad que creció entre el comunicador y la jueza estuvo marcada por invitaciones de ambos a sus respectivas casas, para departir con la familia y con los amigos. A Christian le gustaba cocinar y siempre que viajaba a Francia regresaba con especies que solo en su país natal podía encontrar.

Muchos lo recuerdan como un amigo leal y dedicado a sus ideas. El día de su muerte, Poveda envió un correo electrónico a un conocido en Barcelona para gestionar la posible visita de Santos a la proyección de “La vida loca” en esa ciudad. Además, hablaron por teléfono en la mañana por un nuevo trabajo periodístico que Poveda quería gestionar para otros periodistas extranjeros: las mujeres dentro de las pandillas salvadoreñas.

Otros proyectos germinaron en Homies Unidos. Dado que la panadería tuvo que cerrar por el encarcelamiento de sus empleados, la institución ha impulsado la creación de otras tres panaderías y cuatro carritos de tortas mexicanas.

Poveda también dejó en el tintero un proyecto junto a Romeo Galdámez, artista visual y plástico. Ambos contemplaban fusionar sus fotografías, de tauromaquia española, con la artística serigrafía de Galdámez. “Lo que admiré de él es que no era egoísta. Ayudaba a formar a otros –dice el artista–. “Era muy fuerte en su criterio, sin rozar la arbitrariedad.”

Exigía tanto, como a él mismo. En pleno Día del Periodista, Poveda recriminaba que el fotoperiodismo nacional era una catástrofe, que existía un desdén por auto-instruirse, por leer. Decía que había fotoperiodistas buenos, pero estos no sabían valorar qué era lo mejor de su trabajo.

Rafael Domínguez, presidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador, considera que tras el asesinato el periodismo más que replantearse cómo abordar el tema de las pandillas debe hacer reflexión sobre qué falta por revelar, qué cosas no se hablan e investigan: “Bajar la guardia es lo peor que puede hacer un periodista, porque es necesario ver las realidades del país”.

El tema de las pandillas era para Christian Poveda un apéndice de lo que cubrió en el país desde los ochenta, “un tema universal”. En 2007, en una entrevista para el periódico digital El Faro, se resumía él mismo: “No necesito involucrarme en los hechos, solamente denunciar algo y poder difundirlo y que la gente tenga acceso a esa información… Agarrar un tema que tenga unas raíces sociales fuertes y ver cuáles son realmente las causas. Revelar algo. Siempre con la idea de llevar a la gente reflexión”.

Tomado de La Prensa Gráfica (Séptimo sentido)

Domingo 13 de Septiembre de 2009

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