Hartos de la crisis, hondureños anhelan vuelta a la normalidad

En la humareda de su fogón de leña, Felicia rezuma el hastío de 100 días de crisis en Honduras: “no quiero oír hablar de `Zelayas’ o `Michelettis’, ellos amarraron el nacatamal, ahora que lo suelten, se lo coman y nos dejen en paz”. Removiendo con un cucharón de madera el maíz que hierve en el patio de su casa de tablones en Camayagüela, la ciudad vecina a Tegucigalpa, la mujer de 79 años dice con su sabiduría popular que “Honduras ya no aguanta más”, polarizada y económicamente golpeada, con dos presidentes.

Uno, Manuel Zelaya, depuesto en el golpe de Estado del 28 de junio, está refugiado desde hace dos semanas en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, cercada por policías antimotines armados hasta los dientes, y el otro, Roberto Micheletti, en Casa Presidencial, en una exclusiva zona de la capital.

Serpenteando los barrios opulentos o caseríos que cuelgan de las lomas de Tegucipalga, al igual que las calles de lastre de la empobrecida Comayagüela, se lee en las paredes el polvorín de estos 100 días.

“Pinocheletti”, “Goriletti”, “Mel, ladrón”, “Golpistas, a la mierda”, “Patria, muerte o Constitución”, “Ya está aquí”, “Alto a la represión militar”, tapizan las paredes.

“Ojalá se aplaquen. Que se arreglen como les convenga, porque los pobres nada ganamos con la política. Vivimos más estrechos, no rinde el pisto (dinero). El maíz, todo está caro”, dice Felicia Avila, mientras se sienta en un piedra bajo un frondoso árbol de mangos.

Unas calles más allá, Erenia González, de 30 años, palmea tortillas para vender y ganarse 100 lempiras ($5) al día. “Esa pelea por el gobierno golpea al pobre, no al rico, porque afecta las remesas que nos llegaban del extranjero y la ayuda económica a Honduras”, comenta.

Sus tres niños, se queja, perdieron varios días de clases, pues los sindicatos que agrupan a unos 50,000 maestros que educan a dos millones de alumnos de primaria y secundaria paralizaron sus labores para acudir a las marchas en apoyo a Zelaya.

“Con las escuelas cerradas la situación se me pone más dura, porque ya casi no vendo nada. Lo peor es que yo no creo que vayan a arreglar nada. La única solución es que vuelva Mel que ve por los pobres”, se lamenta Freddy Romero, rodando el carrito de nieves de siropes de colores (raspados de hielo caramelizados) con el que se gana la vida.

Julia Mendoza, de 55 años, ya ni ve noticias para no afligirse más. “Ya es mucho el tiempo que lo tienen a uno con tanto problema. Mis hijos viven del turismo y ya nadie quiere venir al país”, dice acomodando casi un centenar de nacatamales –tamal relleno de carne– en un gran olla sobre el fogón.

“Queremos que se vaya Micheletti con su atajo de ladrones. Dicen que Zelaya quería violar la Constitución pero ¿un presidente a la fuerza es constitucional?, ¿golpear a la gente es constitucional?”, manifiesta Elmer, uno de sus hijos, irrumpiendo en la conversación.

Los toques de queda afectaron sensiblemente los negocios, provocaron el recorte de personal en bares, restaurantes y hoteles, por estos días vacíos o con niveles de ocupación de menos del 40 por ciento.

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