20 años de la masacre que cambio la guerra en El Salvador

Acabar con los jesuitas sin dejar testigos

Catalina Montes observa el jardín donde fueron encontrados los cuerpos de los jesuitas. | Lola LeonardoCatalina Montes observa el jardín donde fueron encontrados los cuerpos de los jesuitas. | Lola Leonardo

  • Existe un informe de la Comisión de la Verdad que recoge las declaraciones
  • Su contenido explica los momentos previos a la matanza de seis jesuitas
  • También calleron en la masacre el ama de llaves y su hija
  • Dos de los jesuitas eran de Valladolid y uno de Burgos
  • Martín Baró les dijo a sus verdugos: ‘Esto es una injusticia’. Lo fue

Lola Leonardo | San Salvador (El Salvador)

Noviembre, día 15. 23.00 horas. Año 1989. Espinoza recibe la orden de presentarse ante Benavides en la Escuela Militar: “A sus órdenes, mi coronel”.

“Es una situación desesperada: son ellos o somos nosotros, así que vamos a comenzar por los cabecillas. Tenemos la Universidad y ahí está Ellacuría”.

Inmediatamente ordenó a Espinoza, quien había llevado a cabo el registro en días anteriores y conocía la zona, que utilizara el mismo dispositivo y que eliminara a Ellacuría sin dejar testigos.

Igualmente ordenó al teniente Mendoza que fuera con ellos y se asegurara de que no hubiera problemas. Posteriormente, y antes de salir de la Escuela Militar, Espinoza pidió a Mendoza una barra de camuflaje para pintarse la cara. El teniente Espinoza se había graduado en el Externado San José siendo rector Segundo Montes y probablemente no deseaba ser reconocido.

Ropas que llevaban los jesuitas cuando fueron masacrados. | L. Leonardo

Ropas que llevaban los jesuitas cuando fueron masacrados. | L. Leonardo

Inmediatamente se entregó un fusil AK-47 a Óscar Mariano Amaya Grimaldi, soldado del batallón Atlacatl, diestro en el manejo de este tipo de arma. Grimaldi declaró ante la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos en 1989, después de haber recibido la orden de su jefe inmediato de que debían acabar con unos “delincuentes terroristas” que se encontraban en el interior de la UCA.

Poco después de recibir la orden del coronel, los efectivos seleccionados para esta misión salieron de la Escuela Militar en dos camionetas y se dirigieron a unos edificios de apartamentos abandonados, próximos a la UCA, en los que se concentraron.

El teniente Espinoza, con el apoyo del subteniente Guevara Cerritos, dio instrucciones que incluían cobertura y seguridad para quienes iban a matar a los sacerdotes. Se decidió quién iba a ejecutar el crimen y el grupo se desplazó en columna hacia la UCA.

Amaya Grimaldi, conocido entre sus compañeros como ‘Pilijay’ (verdugo) se encargaría de reducir a las personas objetivo de la operación.

Según testigos oculares, entraron por el portón para peatones de la UCA y esperaron algún tiempo en el parking. Entretanto, un avión que volaba a muy baja altura sobre la UCA despertó al jesuita Sáinz y a varios vecinos.

El operativo se dividió en tres unidades. Un grupo de soldados permaneció a cierta distancia del Centro Monseñor Romero, rodeando el edificio. Otro se apostó sobre los tejados de casas vecinas y un pequeño grupo se encargó directamente de los asesinatos.

Una vez rodeada la casa, los soldados comenzaron a golpear las puertas al tiempo que se adentraban en la planta baja del Centro Monseñor Romero destruyendo todo lo que encontraron a su paso.

El resto ordenó a gritos a los jesuitas que abrieran la puerta. Grimaldi testificó haber visto a una persona inmóvil en una hamaca colgada en el corredor quien ante los gritos respondió: “Espérense, ya voy a ir a abrirles, pero no estén haciendo ese desorden”.

Eran las últimas dos de la mañana del último 16 de noviembre de su vida.

‘Ellacu’ con albornoz y Segundo en pijama

Óscar Amaya Grimaldi señaló que quien les abrió la puerta vestía una bata de color café. Ignacio Ellacuría, en el momento de ser asesinado, llevaba un albornoz de dicho color.

De acuerdo con el testimonio del sargento Antonio Ramiro Ávalos Vargas, tras intentar forzar la entrada a la residencia, un religioso en pijama le abrió la puerta. Éste le indicó que dejaran de golpear puertas y ventanas, pues eran conscientes de lo que les iba a suceder. El único de los jesuitas encontrado sin vida vistiendo pijama y sin bata fue Segundo Montes.

Inmediatamente, Montes fue llevado al jardín en la parte delantera de la residencia. Allí estaban ya los sacerdotes Amando López, Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró y Juan Ramón Moreno.

Martín Baró acompañó a un soldado a abrir la puerta que comunica la residencia con la Capilla de Cristo Liberador. Siempre de acuerdo con este testigo, allí se encontraban cinco soldados.

“Esto es una injusticia. Ustedes son carroña”. Martín Baró pronunciaría estas palabras al ver que un soldado tenía encañonadas a Julia Elba y a su hija Celina, ya que para acceder era preciso pasar por la habitación donde esa noche se habían refugiado el ama de llaves y su hija. Tomás Zarpate Castillo, sargento del batallón Atlacatl, se quedó de guardia en la habitación donde se encontraban las dos mujeres.

Tumbas de los jesuitas, en la capilla de la UCA. | L. Leonardo

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