La conspiración para asesinar a Christian Poveda

La planificación del crimen del fotoperiodista Christian Gregoire Poveda comenzó el domingo 2 de agosto de 2009, cuando la copia pirata del documental “La vida loca” ya estaba en las calles de San Salvador y cuando un policía, se supone, lo señaló como informante de la Policía. La pandilla pensaba encararlo el 30 de agosto, pero no llegó porque estaba en México.

Escrito por Efren Lemus

La conspiración para asesinar a Christian Poveda - La Prensa Grafica - Noticias de El Salvador
fotos de la prensa/giovanni Cuadra y archivo

El domingo 30 de agosto lo esperaron durante tres horas. Desde las 3 hasta las 6 de la tarde. Estuvieron apostados en una ermita del cantón El Rosario, en Tonacatepeque, esperando a “el Chele”, “el Amigo”, pero Christian Gregoire Poveda no llegó. Para la clica Shadow Park Locos su ausencia confirmaba un rumor que investigaban desde 28 días antes: el periodista franco español filtraba información de la pandilla a la Policía Nacional Civil.

–El chamaco que llega allí y que les trae ropa y todo —habría dicho el agente del 911 Juan Napoleón Espinoza Pérez— tiene unos vídeos y los ha ido a entregar a la Policía de Soyapango.

La Fiscalía no tiene una fecha exacta, pero asegura que la conversación entre el policía y el prófugo Raúl Antonio Rivera Elías, “el Killer”, fue al calor del alcohol, la última semana de julio, justo cuando Poveda viajó hacia México. Según los registros de la Dirección General de Migración y Extranjería, salió del país el 23 de agosto. Durante una semana estuvo en la ciudad de San Luis Potosí, donde participó en el taller “Fotografía documental y ética”, invitado por Mauricio Palos, quien hace dos semanas estuvo en San Salvador.

Espinoza Pérez residía en el cantón El Rosario y se graduó como policía en 1996. Durante la última década su nombre aparece consignado como el captor de implicados en robos y homicidios, principalmente. Antes de ser agente, trabajó en un pequeño taller regentado por su padre. Él acepta que conoce a los detenidos por el crimen, pero niega acercamientos con ellos. “Al señor (Poveda) no lo conocía, nunca lo conocí. Aquí que se investigue porque solo han hecho capturas, por lo menos conmigo (…) Lo que pido es investigación, pero investigación real que de con los verdaderos culpables”, dijo en septiembre pasado al noticiero “4Visión”.

“Van a pensar que somos malos”

Cuando regresó en el vuelo 231, la tarde del domingo 30 de agosto, la pandilla había tomado la decisión de secuestrarlo y cuestionarle sobre el destino de los videos. Para esa fecha ya habían pasado tres meses de que Miguel Ángel Ortiz, “el Cholo”, había sido filmado con un revólver y una granada. José Alejandro Melara, el líder de la clica —el palabrero— mostró su desacuerdo.

–No seas pendejo. No saques esas babosadas.

Un palabrero es el que decide si salen o entran armas al territorio que controla la pandilla, decide las fechas de cuándo se van a realizar “los tiros”, esas tres palabras terminadas en la primera conjugación verbal: matar, extorsionar, robar.

Melara, siempre dirigiéndose a “el Cholo”, argumentó su orden:

–No saqués esas babosadas, no ves que estos videos van para otra gente que nos quiere ayudar, van a pensar que somos malos.

–Lo que acaba de hacer este lo voy a borrar allá —matizó Poveda.

–Mejor tráigame ese video para mí y lo voy a guardar de recuerdo —pidió “el Cholo”.

–Te lo voy a traer cuando ya lo haya sacado.

Poveda sabía que las pandillas son organizaciones estrictas y quien no cumple las reglas se la juega. Durante la promoción del documental “La vida loca”, en una entrevista que concedió en España, hablaba sobre el pacto que le permitió realizar su trabajo: “La proposición de pasar un año como mínimo a diario les interesó mucho y la segunda cosa era que dentro de mi propuesta era no contar lo que es una pandilla, cómo está formada, qué tipo de actividades, y ese tipo de cosas no me interesaba. Lo que más me interesaba era el aspecto humano, quiénes son, por qué un niño de 12 años, 13 años se vuelve un asesino y está dispuesto a morir antes de los 20”.

Las autoridades dicen que la fisura del acuerdo tiene múltiples variables. El fiscal Torres dice que la clica de La Campanera estaba resentida porque Poveda canalizaba más ayuda a los pandilleros de El Rosario; el subdirector de la Policía, Howard Cotto, agrega “fricciones” por el contenido del documental “La vida loca”: unos querían un nuevo filme para limpiar la imagen de la pandilla, otros consideraban que nada debía mostrarse a la opinión pública.

“Estaba ahuevado”

Cuando Poveda se fue hacia México, la copia pirata de “La vida loca” ya estaba en las calles de San Salvador. A $0.50. El jefe de la División Antihomicidios, Marco Tulio Lima, dice que esa comercialización ilegal habría generado las primeras diferencias: “Lo cierto es que (los pandilleros) se dan cuenta que se ha publicado el hecho, y parece ser que ellos no están de acuerdo en que se haya publicado el hecho en ese momento sin antes haber visto los mecanismos de cómo se va publicar”.

Quizás por las copias ilegales, quizás por reclamos de los pandilleros. Antes de su viaje, Poveda se notaba triste. “La última vez que lo vi estaba todo barbudo y estaba como ahuevado, no sé, deprimido, eso fue lo que percibí y estuvimos hablando un buen rato. Lo único que me comentó es que varia gente le había dicho que ya había visto la película pirata, entonces, solo le dije que tuviera cuidado. Él estaba preocupado, pero no lo admitía, no lo iba admitir”, cuenta un fotoperiodista que trabaja para una agencia extranjera.

La Fiscalía asegura que la comercialización pirata del documental provocó una reunión entre Poveda y los pandilleros. “Le preguntan qué fue lo que pasó con el acuerdo si se dijo que la película iba ser exhibida nada más fuera, que si podía hacer algo para parar esa situación y creo que Christian Poveda no podía hacer nada, acuérdese que con la piratería nadie puede venir a tratar de pararla… eso fue algo como que ya no les gustaba mucho”.

Pero faltaba otro factor más determinante en la resquebrajada relación del periodista con la pandilla. Veintiún días antes de que Poveda saliera del país, el domingo 2 de agosto, Melara reunió con la clica en la finca El Arbejal, en el cantón El Rosario, una loma tupida de vegetación, con dos hondonadas. Ahí, Melara informó sobre la supuesta conversación que, unos días antes, había sostenido el policía con uno de los pandilleros de la zona.

Lejos de apuntar el dedo acusador contra Poveda, la pandilla cerró filas a favor del documentalista: “Es buena onda”, “Nos ayuda”. Por esas buenas referencias, los pandilleros acordaron que lo mejor era investigar y consultar telefónicamente con líderes recluidos en varios penales. Según la investigación fiscal, en los siguientes días se realizaron otras tres “meeting” (reuniones) sobre la sospecha que pesaba contra Poveda. Eran reuniones, dice el fiscal Torres, a la intemperie. La decisión definitiva sobre el caso fue el 30 de agosto, cuando Poveda no llegó a El Rosario.

“La misión fue realizada”

A las 3 de la tarde del domingo 30 de agosto, Melara informó a unos ocho pandilleros que ya tenía el aval de “el Tabo” (los centros penales) para proceder contra Poveda. Sin más rodeos ni preámbulos, comenzó la planificación: Roberto Romero, “el Tiger”; Miguel Ángel Ortiz, “el Cholo”; y Raúl Rivera Elías, “el Killer”, tenían que secuestrarlo y cuestionarle sobre su supuesta colaboración con la Policía, pero por su compromiso en México, el periodista no llegó.

–El rumor es cierto —habría concluido Melara, el líder de la pandilla.

Y enumeró algunas razones de su conclusión: Poveda llegaba los domingos y se reunían cerca de la ermita, cuando no lo hacía les llamaba telefónicamente para informarles de su inasistencia. Pero a las 6 de la tarde de ese 30 de noviembre, los pandilleros regresaron a sus casas sin ninguna noticia de Poveda.

El plan, entonces, cambió de fecha. El crimen debía cometerse el 7 de septiembre. Esa no fue una decisión solo de los pandilleros de El Rosario. La Policía habla de “canchas unidas”, coordinación de pandillas que operan en Soyapango, Tonacatepeque y Apopa. La Fiscalía evita referirse a esa información porque dice que hay indicios que apuntan a que líderes de pandillas en San Laureano, San Ramón, e incluso Ciudad Delgado participaron en el crimen. Están tras esa pista.

Pero una llamada telefónica, casi a las 9 de la mañana del 2 de septiembre, modificó los planes de la pandilla. A las 10 de la noche de ese día, un pandillero se encontró con Rivera Elías, quien le confirmó el asesinato de Poveda: “La misión fue realizada”.

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