Un grito de Auxilio para la Población Salvadoreña

Una ola de criminalidad se acrecienta en El salvador. Los grupos atomizados de delincuencia común, se especializan y confabulan contra un estado que se presenta represivo y combativo contra las expresiones de delincuencia, otrora común, y ahora desparramadas en una vorágine de sangre inocente.

Parece que la desorganización de la clase política ahora contagia al desorden que se presenta al momento de plantear políticas claras para frenar la delincuencia y el crimen organizado en las maras asesinas que contaminan todo lo que puede significar algún rédito para sus intereses.

El nuevo gobierno, quizá ya no tan nuevo, de la administración Mauricio Funes, busca en consultas intersectoriales, con políticos, académicos, líderes religiosos y gremiales, un consenso que le permita acallar la conciencia ante la ineficacia ante el control de los grupos y bandas que han encontrado en el desorden del sistema, el caldo de cultivo propio de sus actos impunes y dolorosos.

En la primera semana de febrero, se contabilizan los crímenes por su horror, sendas masacres que dejan una veintena de muertos, sin comprobar su vinculo con pandillas o con allegados a los cuerpos de seguridad, simplemente por la necesidad de disparar con lujo de barbarie, que ni aun en la dolorosa y pasada guerra civil se podría observar contra los civiles en lugares no tan despoblados.

El hallazgo de cuerpos mutilados y desmembrados en bolsas de basura, significa un desprecio hacia la vida y se traduce en la deshumanización de los hechores, con el consiguiente envalentonamiento contra la frágil judicatura que carece de incentivos para la eficaz aplicación de la ley.

No hay salida, aun cuando la comunicación oficial  trate de calmar las inversiones extranjeras y la criolla, aun cuando se plantee la posibilidad de controlar la galopante impunidad, las paginas de los medios día a día contabilizan las bajas de la población en una macabra crónica que insensibiliza a la población, haciendo natural el creciente índice  de criminalidad.

Veinte mil kilómetros cuadrados, no son suficientes para tan grande cantidad de asesinados y el lujo de barbarie de las mismas. Estamos ante el preludio de la explosión exponencial de la delincuencia. Desde tierna infancia, se contamina las almas y mentes de jóvenes que hacen de la violencia su estilo de vida, construyendo un estado que naufragara ante el embate de nuevas formas de crimen. La extorsión, el homicidio, el robo, las violaciones y sus vejámenes, se quedan cortos al momento de legislar, parece que los grupos de sostén de la sociedad, religiosos, empresariales y políticos, en lo único que pueden llegar a un acuerdo, es en que son insuficientes las buenas intenciones ante semejante conflicto que se acrecienta cada día, hasta peligrar en que la población, harta de sufrir esas dolencias, se arme y actué tomando la aplicación de la ley del talión, que nuevamente regaría de sangre las calles.

Aun estamos a tiempo de crear un estado solido y funcional, con el concurso de todas las fuerzas, siempre y cuando se entienda que es necesario deponer actitudes demagógicas, doctrinarias y partidarias, para enfrentar a los malos que se creen autosuficientes al momento de planear sus fechorías.

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