Monseñor Oscar A. Romero: Crónica de un asesinato. II

(Segunda entrega)

Berne Ayalá

Monseñor Romero

En el asesinato de los sacerdotes jesuitas, sucedido en noviembre de 1989, intervino la cadena de mando de la Fuerza Armada al más alto nivel, la modalidad del crimen presenta una intervención institucional y una forma de encubrimiento que ralla en el descaro. El desplazamiento de unidades especiales a la zona del crimen y la utilización de armamento oficial y órdenes superiores debidamente registradas. Este carácter supone un crimen de fácil vinculación en cuanto a las autorías intelectuales por lo que además es un acto de terrorismo de Estado.

En el crimen de Monseñor Romero las cosas son mucho más complejas, se trata de un asesinato en cuya conspiración y ejecución interviene una cantidad difusa de actores —militares y civiles— que, aunque se hayan valido de diversas instancias oficiales, operó bajo la modalidad de escuadrón de la muerte, esto vuelve el caso sumamente difícil para esclarecer en los niveles de autoría intelectual más allá de Roberto d´Aubuisson. Es obvio que la cadena de mando no comienza ni termina en él, máximo cuando se trató de una decisión tan difícil como el asesinato de un arzobispo católico de las credenciales de Romero.

El arma que se utilizó para matar a Monseñor Romero ha ocupado muy poco la atención de los reportajes y demás notas periodísticas. El trabajo periodístico se ha centrado en la persona que ha sido considerada su principal autora intelectual en el crimen, especialmente después de la presentación del informe de la Comisión de la Verdad. Esto ha llevado a marginar una gran cantidad de elementos que vistos con detenimiento permiten comprender mejor el carácter esencialmente encubierto del crimen y por consiguiente la complicidad generalizada de quienes sin duda ocupaban cargos de primer nivel en el aparato de Estado y el poder económico de aquellos años, no solo del acusado principal.

Dado el momento en el que se vivía y la complicidad de los aparatos policiales y militares, que políticamente eran un mismo brazo armado de la dictadura, poco o nada se hizo en su momento desde la aplicación de las técnicas balísticas. Esto tiene mucho que ver con el modelo de justicia criminal salvadoreño que sigue vigente, cuya mayor deficiencia sigue siendo la falta de técnicas científicas en la investigación del crimen.

Ni la comunidad jurídica y policial ni la prensa nacional, han estado familiarizadas con las pruebas científicas, tanto el sistema de justicia penal como el resto de la sociedad ha enjuiciado los hechos criminales básicamente a partir de la ponderación de testigos presenciales, lo antes dicho es un rasgo antropológico de nuestra comunidad, cuya generalización es un factor que ha propiciado la impunidad. El no haber indagado en otras zonas del crimen de Monseñor Romero ha limitado nuestra capacidad de conclusión. Hemos perdido de vista que una prueba científica nos puede conducir a otras hipótesis y a esclarecimientos relacionados con los autores intelectuales. No debemos desmeritar que el crimen de Monseñor Romero es una indagación de carácter histórico inexcusable que se irá construyendo con el paso de los años por diversos investigadores.

Hay tres asuntos que deben ser tratados con delicadeza: el tipo de fusil implementado, las características de la munición y la lesión provocada. Las principales fuentes utilizadas hasta hoy para delinear algunas explicaciones al respecto han partido de la pericia forense realizada en el cuerpo de Romero y el dictamen sobre la herida —que incluye la recuperación de fragmentos del proyectil— y la agenda decomisada el siete de mayo de 1980, cuando se capturó a Roberto d´Aubuisson, Álvaro Saravia y otro grupo de militares salvadoreños y unos cuantos civiles cuyo pasado es bastante oscuro.

Veamos en primer término la agenda. En la agenda decomisada al capitán Álvaro Saravia hay una referencia a requerimiento de armas, pero lo que más llama la atención es la alusión a dos fusiles Bushmaster y un Robert´s con mira Escalayk y munición tipo .223. Esta agenda fue incautada por la CIA —un tema que generó abundantes disparates cuando la Corte Suprema de Justicia tuvo acceso a una copia en la época que el Partido Demócrata Cristiano acusó a Roberto d´Aubuisson de ser autor del crimen mientras el tribunal de la causa jamás vio el documento—. La fuente donde se origina la existencia de dicho documento es la inteligencia norteamericana, algunos militares salvadoreños que intervinieron en la captura del 7 de mayo de 1980 o conocieron de este hecho por otras razones y la copia que obtuvo la Corte cuando se intentó realizar la extradición del capitán Álvaro Saravia. Como más adelante se abordará, suponemos que la clasificación del documento original pudo deberse a que en la misma hay datos que comprometen a instituciones y personajes de otras latitudes en el asesinato del arzobispo.

El Bushmaster es una carabina derivada de la familia de fusiles M-16, conocidos también como carabina M-4. Por supuesto que esta es una familia bastante dinámica de armas, que va desde lo que es considerado como arma de “uso civil” y de “uso militar”. Esta semántica bélica no es más que la expresión de una cultura de la violencia dominada por el mercado de armas. El dinamismo y la masiva venta de estas armas han permitido la aplicación de una escala de calibres bastante flexibles. Pueden ser alimentadas con cargas de calibre 22 y todas sus variables, y la reconocida munición .223 Remington (5,56 mm x 45) utilizada para la guerra de Vietnam en los equipos AR-15/M-16.

Dada la evolución que ha afectado la producción de estas municiones a partir de la experiencia de quienes han ejercido el deporte de matar animales, se fue desarrollando hasta ser aplicada para derribar incluso a un oso polar como a un alce de un solo tiro, en lo que se conoce como caza mayor. Este rasgo destructivo del proyectil en animales cuyo peso y fuerza es superior al de un ser humano promedio nos debe llamar mucho la atención. La modificación del proyectil para lograr una mayor precisión, acumulación de energía cinética—energía que surge en el movimiento de la masa de un cuerpo desde el reposo— y por consiguiente una mayor fuerza de impacto que puede superar las ciento cincuenta libras de energía en la boca del cañón (este es uno de los valores más pequeños puesto que la modificación del armamento puede generar una energía mucho mayor, incluso superior a las mil libras en la boca del cañón).

El poder de la energía cinética del proyectil que impactó en Monseñor Romero dobló el peso de su cuerpo sobre su espalda. Una vez en el suelo fue asistido por la hermana Teresa de Jesús Alas. La hemorragia le provocó la muerte en pocos segundos. En este primer instante, el desarrollo de la lesión advierte lo que antes apuntábamos, el poder destructivo del proyectil y la zona de impacto. Los asesinos sabían muy bien porqué estaban utilizando esta arma y no un G-3 u otra de mayor calibre. La precisión del arma de caza y la fragmentación del proyectil permiten no solo una lesión devastadora sino una mejor ocultación del rastro dejado.

El asesino directo de monseñor Romero debió utilizar con bastante probabilidad un arma y munición que se utiliza en un deporte como la caza, ya sea para pegar a un blanco fijo o en movimiento. El asesino no necesariamente debió ser un militar aunque sí un experto tirador. Este detalle es uno de los más misteriosos, sutilmente ocultado, incluso por la declaración del testigo Amado Garay, cuya versión analizaremos en otras entregas de esta crónica, en su calidad de testigo de excepción que surge en la escena del delito y partícipe del mismo. Sobre Garay pesa una presunción objetiva de parcialidad, es decir un vicio de origen que no necesariamente desacredita todo su testimonio pero que deja en sospecha detalles que conciernen a diversos aspectos del crimen.

Recordamos cómo los medios de comunicación trajeron a colación el nombre de un salvadoreño de la provincia de Usulután, apellidado Héctor Antonio Regalado, mencionado en diversidad de artículos, acusado como autor directo del crimen, es decir, el tirador, este personaje se ocupó de la seguridad de Roberto d´Aubuisson y el cargo de jefe de seguridad en la asamblea legislativa. Se conoce su historial como especialista en tiro con arma de fuego. Dada una serie de pesquisas y de contrariedades, la acusación en su contra fue desechada. En todo caso, la hipótesis se orienta a la figura de un tirador preparado en el deporte de tiro, dado el tipo de arma y la técnica del disparo.

Para algunos deportes el alcance de un proyectil de la serie del 22 puede rondar los trescientos metros, de tal suerte que cincuenta metros es una distancia de disparo efectivo, aunque no necesariamente el proyectil haya alcanzado su mayor potencia de impacto.

El fusil Robert´s con mira Escalayk, utilizado también en el deporte de cacería con proyectiles que oscilan entre el calibre 22 y al 25 es el que más se acerca en características del el arma utilizada en el crimen. Las pericias requeridas en ambas armas para la cacería son básicamente las mismas, hay cazadores que labran la punta de la bala para que la fuerza del impacto provoque un daño severo a la presa al tiempo que el proyectil se fragmenta, aunque otros expertos advierten en ello una fragilidad en la orientación del disparo.

Todas esas mañas son conocidas por aquellas personas que practican el deporte de tiro. Esas armas en poder de un grupo de militares y civiles que han sido relacionados con la muerte de Monseñor Romero tenían un propósito claro: ser precisos y no dejar evidencias de balística fáciles de encontrar en el cuerpo de la víctima.

Cincuenta metros es una distancia estándar utilizada en el tiro al blanco con calibres 22 para carabina, conocido como de fuego central. La distancia que hay desde el altar mayor, donde estaba Monseñor Romero y el lugar donde se ubicó el tirador no supera los cincuenta metros. El tipo de arma, calibre y distancia, antes mencionados son los adecuados para un experto tirador que muy probablemente estudió el lugar y practicó el tiro de cincuenta metros antes de llegar frente a la capilla aquel lunes 24 de marzo de 1980. Estas evidencias y los hallazgos en la agenda del capitán Álvaro Saravia son concordantes.

Las lesiones producidas por las armas de caza son más graves que las producidas por otro tipo de armamento de infantería ligera. Este es un dato contrario a lo que se ha pensado por muchas personas. La medicina forense, en la especialidad de heridas por arma de fuego (balística de las heridas) ha podido demostrar esta tesis.

La balística de las heridas nos permite apreciar que cuando se implementa munición de caza, sin importar el calibre, las heridas provocadas generalmente no son diferentes a pesar del calibre que se utilice. Incluso, las heridas en la cabeza provocadas por proyectiles de caza son más destructivas que las provocadas por munición militar. En esto hay un estudio relacionado a la cantidad de energía que el proyectil deja en el cuerpo lesionado. Lo decisivo no es la cantidad de energía cinética que el proyectil acumula sino la que transfiere al cuerpo lesionado. El principio se explica así: “Si una bala penetra en el cuerpo pero no sale, toda la energía cinética va a ser empleada en la formación de la herida”.

Cuando la bala no sale del cuerpo la lesión será con bastante probabilidad mayor. Como sabemos, el proyectil que hirió de muerte a Monseñor Romero, no salió de su cuerpo y se fragmentó, esto explica en gran medida la masiva hemorragia sufrida por él.

Hay otro factor que no debemos perder de vista: el ángulo de desvío del proyectil. Cuanto más grande es el ángulo de desvío del proyectil cuando golpea el cuerpo así tenderá a balancearse, la fuerza de su arrastre aumentará y por consiguiente perderá más energía cinética, lo cual generará, como hemos explicado, una lesión mayor en el cuerpo impactado.

La bala que penetró el cuerpo de Monseñor Romero ingresó por la zona conocida como línea clavicular anterior (centímetros arriba del corazón), a seis centímetros del esternón. El proyectil se desvía a su derecha y lesiona la aorta ascendente. La bala se fragmenta y la parte más grande se aloja en el quinto espacio intercostal derecho, en su arrastre lesiona los vasos del mediastino, provocando una hemorragia interna (es muy probable que por eso se diga que la bala ingresó de arriba hacia abajo, es la curva que describe la autopsia, pega arriba del corazón y baja en diagonal lesionando gravemente órganos vitales).

Las consecuencias del impacto también tienen que ver con otras características del proyectil, el calibre, construcción y configuración. Si son de punta roma, si se trata de un calibre para cazar, si es explosivo o no. Hay una valoración errada cuando se confunde la fragmentación de un proyectil con el de su estructura explosiva. No todos los proyectiles que se fragmentan son explosivos. Las balas de .22 o incluso las de .223 (5,56 x 45) suelen fragmentarse cuando chocan con partes óseas de un cuerpo. Los hallazgos de fragmentos de bala en el cuerpo de Monseñor Romero no indican el carácter explosivo del proyectil sino la fragmentación suscitada por el impacto, no debemos confundir lo explosivo con lo fragmentario, lo primero puede producir lo segundo pero esto último no necesariamente es el resultado de lo primero. El informe forense dice que se utilizó una bala blindada, esto es bastante dudoso pues es sabido que el proyectil blindado o encamisado tiene una mayor posibilidad de penetración y pocas probabilidades de deformarse, en otras palabras es más potente en su constitución, por eso hay quienes deforman la punta de la bala blindada dejando una porción de plomo al descubierto para que se deformen y provoquen una mayor transferencia de energía en el cuerpo impactado. Los especialistas admiten que el blindaje de una bala evita que se fragmente con la misma facilidad en uno que no lo es. Los proyectiles que suelen fragmentarse con mayor facilidad son los de punta hueca, es decir los semiblindados que son conocidos como DUM DUM. Lo que estos detalles nos demuestran es que existe una enorme gama de balas expansivas, que son prohibidas por los tratados de Ginebra para conflictos armados, que pueden ser fabricadas o modificadas por el mismo tirador para que produzca tales efectos.

De acuerdo a lo consignado en el expediente judicial, la entrada de la bala dejó un orificio de cinco milímetros de diámetro. El juez que conoció de estas primeras diligencias, Ramírez Amaya, concluyó que de este informe y el análisis realizado a tres esquirlas del proyectil se pudo colegir que su calibre debía ser .22 o una de sus variables. Quien hizo este trabajo balístico fue la extinta Policía Nacional cuyo informe no se encuentra en el expediente.

Un proyectil de grueso calibre hubiese atravesado el cuerpo de Monseñor Romero y difícilmente hubiese lesionado el corazón por el efecto de revote, menos aún por fragmentación.

¿Conocían los autores del crimen estos detalles del armamento y sus consecuencias, esas minucias y otras muchas que conciernen a la disciplina de tiro? Creemos que sí. Por ello mismo se utilizó ese armamento y no otro. Un tirador adiestrado pudo incluso calcular a cincuenta metros un disparo en la zona intercostal y presumir el desvío de la bala a partir de su ángulo de rotación y por consiguiente la fragmentación, de la manera que un jugador de billar define con suficiente antelación los impactos en cadena y las troneras donde ha de meter esta o aquella bola. Esa es la pericia de nuestro asesino.

No debemos olvidar que los francotiradores estudian no solo el viento, también el clima y otros factores externos que inciden de forma directa en el desplazamiento de la bala, para calcular su trayectoria y el efecto de desvío de al momento del impacto, incluso se fabrican sus propias balas o modifican las industriales, presuponen la gravedad de la lesión que han de producir.

Estos detalles nos llevan a suponer con suficientes razones, que los actos preparatorios del asesinato de Monseñor Romero son mucho más complejos de lo que solemos suponer.

Las consecuencias de una hemorragia pueden ser calculadas por un experto tirador, no olvidemos que la balística de las heridas cierra un ciclo pericial que comienza en el conocimiento del “oficio”, antes de cargar el arma.

La autopsia estableció que la muerte de Monseñor Romero fue causada por una hemorragia interna. Se indica que en el tórax se encontró un aproximado de tres litros de sangre coagulada. Suficiente para matar a un hombre en pocos segundos.

La muerte de Monseñor Romero es sui géneris, es un ataque a una figura extraordinaria, cuyo peso moral, más allá de la ideología que profesemos, es dominante, no solo en nuestra cultura salvadoreña, sino frente al mundo. Las víctimas de las comunidades, o incluso el resto de sacerdotes, seminaristas, catequistas, y feligreses de aquella época, fueron asesinados con métodos menos refinados, con la brutalidad de la tortura, el secuestro, el ametrallamiento, el lanzamiento de cuerpos en precipicios, el desmembramiento.

Este crimen que nos ocupa, si es válido decirlo, requirió de una pericia y un entrenamiento especiales, de una fineza muy calculada, que al abordarse en sus menudencias, no podemos pensar sino que sólo pudo ser concertado por una élite con abundantes recursos materiales y financieros. El secreto que ronda este caso y que en 2010 cumple los treinta años, solo puede mantenerse con el poder y el dinero.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s