Salen a la luz nuevos detalles sobre el asesinato de Monseñor Romero

La estatua de Monseñor Romero ubicada en la plaza de las Américas  de San Salvador. |R.V.

La estatua de Monseñor Romero ubicada en la plaza de las Américas de San Salvador. |R.V.

  • Por primera vez confiesan dos de las personas que participaron en el magnicidio
  • Se confirma el rol de organizador que tuvo el ultraderechista Roberto d’Aubuisson
  • Una ley de amnistía respaldada por el presidente impide investigar el asesinato

Roberto Valencia | San Salvador

“Así matamos a Monseñor Romero.” Este es el titular elegido para encabezar la investigación periodística que este lunes revela detalles nunca antes publicados sobre la planeación, el asesinato y el encubrimiento en 1980 del arzobispo de San Salvador, El Salvador. El 24 de marzo se cumplen 30 años desde que un francotirador le atravesó el corazón mientras oficiaba misa.

La investigación, publicada en el periódico digital El Faro, gira en torno a una serie de entrevistas con el capitán Rafael Saravia, complementadas con entrevistas a una decena de personajes involucrados de una u otra forma en el asesinato, o conocedores del tema o de sus protagonistas.

Además de Saravia, Carlos Dada, el periodista responsable, logró entrevistar a otras dos –Gabriel Montenegro y Fernando Sagrera– de las cinco personas que estuvieron en las inmediaciones de la capilla donde Monseñor Romero oficiaba misa la tarde del 24 de marzo.

Dada valoró para ELMUNDO.es cuáles son los elementos más novedosos de este trabajo: “Por primera vez se publica la confesión de dos de las personas que participaron en el crimen, y se confirma que Roberto d’Aubuisson, fundador del partido que gobernó los últimos 20 años, participó en el crimen junto con el hijo de un ex presidente salvadoreño”.

El reportaje salpica también, como financiadores de los grupos paramilitares que operaron desde mediados de los 70, a empresarios importantes que aún hoy mantienen un perfil alto, como Eduardo Lemus O’Byrne, ex presidente de la Asociación Nacional de la Empresa Privada; y Enrique Altamirano, director del periódico El Diario de Hoy.

¿Quién era Romero?

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (1917-1980) nació en Ciudad Barrios, un pequeño municipio de la zona oriental salvadoreña. Fue sacerdote a los 24 años, obispo a los 52 y arzobispo a los 59. Educado en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, era un conservador dentro de la Iglesia, pero fue su llegada a la cúspide lo que lo hizo optar por una Iglesia más social.

En muchas comunidades de base de la Iglesia católica en toda América Latina su figura sigue siendo venerada, al punto de ser conocido popularmente como San Romero de América. Su proceso de canonización, sin embargo, está congelado desde 1995 en la oficina de la Congregación para las Causas de los Santos, en el Vaticano.

Fue su opción preferencial por los pobres y sus constantes denuncias de los atropellos cometidos por el Estado –y también por la guerrilla– lo que incomodó a la oligarquía salvadoreña.

La investigación periodística confirma que fueron dos grupos los que se coordinaron para llevar a cabo el asesinato. Uno estaba bajo las órdenes de Roberto d’Aubuisson, máximo líder de la derecha salvadoreña y fundador del partido ARENA, que gobernó el país desde 1989 hasta 2009. El otro grupo estaba bajo el mandato de Mario Molina.

Mario Ernesto Molina Contreras es hijo del coronel Arturo Armando Molina, quien presidió el país entre 1972 y 1976, y hermano de Jorge Molina Contreras, ministro de Defensa durante la administración presidencial de Antonio Saca (2004-2009).

Por gajes de la política salvadoreña, en febrero de 2007, diputados del ARENA promovieron que la Asamblea Legislativa reconociera a D’Aubuisson como Hijo Meritísimo de El Salvador, uno de los más altos honores que se conceden en el país.

Francotirador salvadoreño

En el operativo, acordado en la misma mañana del 24 de marzo, participaron dos vehículos: una camioneta Dodge Lance blanca que llegó de apoyo, y Volkswagen Passat rojo, en el que iban el chofer Amador Garay y el francotirador, cuya identidad permanece oculta, aunque esta investigación confirma que era salvadoreño, ex miembro de la Guardia Nacional e integrante de la seguridad personal de Mario Molina.

En la Dodge Lance blanca iban Gabriel “Bibi” Montenegro, quien desde Estados Unidos, donde vive en la actualidad, corrobora la versión de los hechos de Saravia; Fernando Sagrera, amigo íntimo de D’Aubuisson y hoy un acomodado hombre de negocios; y el capitán Saravia.

El grado de capitán que conserva Rafael Saravia es por su pertenencia a la Fuerza Aérea Salvadoreña. Fue en 1979 cuando pasó a formar parte del grupo paramilitar que trabajaba para D’Aubuisson.

“Que los capturen. ¡Que les peguen una apretada de huevos como hacían antes, a ver si no cantan!”, dice Saravia durante unas de las entrevistas. La razón por la que ahora ha decidido contar lo que sabe es, asegura, el deseo de reconciliarse con sus hijos y el abandono al que le han condenado sus antiguos compañeros de correrías.

Saravia es el único juzgado y hallado culpable por la muerte de Monseñor Romero, aunque fuera en un juicio civil y celebrado en Fresno, Estados Unidos, en 2004. Desde entonces vive prófugo, escondido en el área rural de algún país latinoamericano y en condiciones de miseria absoluta. “Para encontrar a Saravia hay que bajar al infierno”, señala el reportaje.

Incógnitas sin resolver

Sobre el asesinato de Monseñor Romero aún quedan sombras. El periodista Carlos Dada está consciente: “Aún no conocemos a los que financiaron este asesinato y probablemente lo ordenaron, aunque tenemos más pistas. Aún no conocemos el nombre del tirador, aunque tenemos más pistas”.

El 24 de marzo se cumplen 30 años del magnicidio. Y de lo que sí pueden estar seguros los financiadores, los cerebros y el tirador es que no serán juzgados, al menos en El Salvador, al menos durante la actual administración presidencial.

Una ley de amnistía aprobada en 1993 impide juzgar a los responsables de esta y de las otras decenas de miles de muertes ocurridas durante la Guerra Civil salvadoreña. Al igual que hicieron sus predecesores, el actual presidente de la República, Mauricio Funes, ha dicho en repetidas ocasiones que no moverá un dedo por derogarla.

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