Su Majestad El Rey Mauricio XIV: el Estado soy yo

Redacción ContraPunto

El ex periodista y ahora Presidente, subido ya en el poder, da a entender que prefiere solucionar los asuntos caprichosamente, en lugar de la vía civilizada que tanto pregonó en aquellos días de estrella mediática y de férreo defensor de los valores democráticos.

SAN SALVADOR – Como quien arrastra un viejo y pesado baúl con objetos que no se quieren pero que de alguna manera no se pueden dejar atrás, así el presidente Mauricio Funes ha jalado desde sus días de periodista estrella un mal añejo: aquellos arrebatos de arrogancia que ahora, en las mieles del poder, van dando forma a actitudes caprichosas y, se diría, autoritarias.

Un autoritarismo, dicen algunos analistas consultados, nada acorde con lo que tendría que ser la apertura del que se dice es “el primer gobierno de izquierda de El Salvador”, estribillo que viene sonando fuerte desde que el candidato de la ex guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) ganó la presidencia en marzo del 2009.

Un gobierno de izquierda (aunque algunos creen que no es de izquierda) que se supone tendría que ir rompiendo con los moldes de verticalismo del pasado y abrir nuevos espacios al debate y al disenso, aún dentro de las filas gubernamentales.

En sus días de periodista estelar del Canal 12 (del cual fue despedido en febrero del 2005), Funes siempre mostró el rostro de un comunicador comprometido con la profundización de la democracia en el país, y el de querer dejar de lado todas las taras antidemocráticas arrastradas por décadas, resolviendo los asuntos de un modo más civilizado.

Pero al parecer eso aún está lejos de verse en el horizonte político del nuevo gobierno. En algunas actitudes, se ve que ha privado más el hígado.

Las primeras calenturas

En los círculos políticos, al hablar de esa soberbia presidencial, casi siempre se trae a colación el exabrupto de Funes cuando, a finales de marzo del 2009, estando en visita como presidente electo en Brasil, recriminó en un campo pagado en diarios salvadoreños a Gerson Martínez, dirigente del FMLN que había participado activamente en la elaboración de la plataforma de gobierno que el Frente y Funes promovieron durante el periodo electoral.

Martínez había dicho que el próximo gobierno de Funes iba a renegociar la deuda contraída con organismos financieros internacionales, algo que probablemente afectaría la reputación de país buena paga.

Desde Sao Paulo, Brasil, Funes emitió un campo pagado completamente fuera de tono (una paginota enorme en los diarios de mayor circulación, lo cual no es barato, dicho sea de paso), para desautorizar a Martínez, uno de los pocos dirigentes del Frente con quien Funes mejor se entendía. Pero el tono del texto fue devastador.

“Ese fue un lapsus cometido por un diputado del FMLN que no es miembro del gabinete, y tampoco lo será, y por lo tanto no representa la posición de este servidor como presidente electo. Yo quiero reafirmar a los organismos multilaterales que la deuda será pagada con los plazos que fueron negociados”, dijo Funes en el comunicado.

Y en sus primeras acciones como mandatario, Funes ha dado nuestras de una intolerancia radical con aquellos que se atreven a cuestionar sus lineamientos.

La guillotina “Funesiana”

Y rodaron las primeras cabezas de los insurrectos.

En diciembre del 2009, por razones que solo él conoce, Funes despidió al presidente de la Asociación Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), Francisco Gómez; a la presidenta del Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA), Carla Albanés; al presidente de la Lotería Nacional de Beneficencia (LNB), Juan Pablo Durán y al titular de la Superintendencia General de Electricidad y Comunicaciones (Siget), Tomás Campos.

Más tarde, en febrero del 2010, la guillotina caería sobre la nuca de Breni Cuenca, por entonces titular de la Secretaría de Cultura.

Su destitución causó extrañeza por cuanto fue el mismo Funes quien, por primera vez, creó un proceso de consulta involucrando a los hacedores de cultura, quienes propusieron a varias personas para el puesto, y de ese proceso él se decidió por Cuenca, pero la echaría siete meses después (dejándola sin el plato y sin la sopa, pues ella había dejado su puesto en la prestigiosa Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para venir a El Salvador a ejercer de funcionaria).

Las razones de fondo de esos despidos permanecen ocultas, aunque las versiones para explicarlas iban y venían, sin que hasta ahora se conozcan los motivos exactos. Funes solo atinó a decir que ellos habían traicionado su confianza, una explicación tan ambigua que sonó más como a justificación de algo que no se puede justificar.

El Presidente tiene, no obstante, la potestad para colocar a los funcionarios que él estime mejor capacitados, y quitarlos si fallan en su cometido. Pero en este caso, no quedó claro cuáles fueron los errores cometidos, lo cual se presta a un sinfín de “comentarios”, según el analista de izquierda Dagoberto Gutiérrez.

¿Tenía Funes que rendir cuentas y explicar las razones de los despidos?

El analista de izquierda Roberto Cañas cree que sí.

“Yo creo que sí (tenía que explicar), porque los funcionarios públicos son personas pagadas con los impuestos (de los ciudadanos), les deben de rendir cuentas a la población de cuál es su actuación”, dice Cañas.

Y agrega: “En las democracias hay procesos de rendición de cuentas porque los funcionarios públicos mandan para obedecer a quien los eligió, es decir, no son macho sin dueño, ni personas absolutas sino que responden a un mandato”.

Dagoberto Gutiérrez sostiene que el mandatario, por salud institucional, debió dar explicaciones.

“Eso (la destitución de funcionarios) nunca quedó claro. Yo creo que es una práctica sana de buen gobierno informar las razones de la destitución de un  funcionario”, dice Gutiérrez, quien insiste en que el gobierno de Funes no es de izquierda, sino de derecha, pues no gobierna para las mayorías. Pero eso es otro cuento.

“¿Es falta de lealtad porque no le acompañé en sus picardías? Sí eso es lealtad, yo no soy leal a los pícaros” dijo en su momento el despedido presidente de ANDA, Francisco Gómez, refiriéndose a que el mandatario tendría intereses oscuros para deshacerse de él.

La insoportable subjetividad del ser (presidente)

Pero otros creen que el haber echado mano de un recurso ambiguo, como el decir que los despedidos faltaron a la lealtad, es un tema subjetivo pero al mismo tiempo válido.

“Confianza es un término muy subjetivo. Le tengo o no le tengo confianza (a alguien), y eso no tiene razonamiento. Si él no tiene confianza entonces me imagino que debería tener un proceso de selección más cuidadoso y más riguroso, porque creo que la confianza es algo muy importante en cualquier institución, en cualquier empresa”, dice la analista Sandra de Barraza.

Y agrega: “Yo creo que hay cargos de confianza personal y política; no puedo decir si los casos aludidos se justifican por eso, pero sí creo que en todo gobierno hay cargos de confianza política; si usted pierde la confianza, lo más lógico es que suceda eso”.

En la misma línea va también el analista de derecha Ivo Príamo Alvarenga: “Tratándose de funcionarios de carácter político, de confianza, con mayor razón tiene derecho a removerlos”.

Alvarenga cree que Funes ha reducido en cierta medida esa altanería desde que fue elegido Presidente.

“Cuando era candidato le preguntaban alguna cosa, él decía: yo no tengo nada que decir sobre eso, no me interesa, no entro yo en consideraciones de esa naturaleza y mandaba al chorizo a quien se lo preguntaba”, dice.

Paranoia gubernamental: las barbas en remojo

ContraPunto ha sabido de funcionarios, antes abiertos a hablar animadamente con la prensa, que ahora, después de esos descabezamientos caprichosos, se han mostrado reacios a hablar y claramente han expresado su temor a platicar con los reporteros porque, no vaya a ser el diablo, Funes termine recriminándolos por lo que dijeron y decida despedirlos también.

“Ahora hay que cuidarse, porque lo que uno diga, sobre todo en temas muy políticos, puede ser interpretado por el Presidente como una deslealtad”, dijo a ContraPunto un funcionario, que pidió reserva del nombre por razones obvias.

Temores que no se habían escuchado ni siquiera en los días cuando gobernaba de modo más verticalista la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).

Lo cual es contradictorio: pareciera que la cosa va para atrás ahora que gobierna un partido de izquierda, con un presidente que, se supone, es de pensamiento de avanzada, a favor de los cambios democráticos que urge implementar en el país, aunque por otro lado, a nivel personal, alguien con un carácter que, como ya se dijo, tiende a la soberbia.

Y el trayecto no es muy largo de la soberbia al autoritarismo.

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