Obama, persona non grata

  • Los republicanos y el Tea Party explotan el enfado contra Washington en Pensilvania
  • El cacique John Murtha logró mucho dinero para la ciudad y se espera lo mismo de su sucesor

MARC BASSETS | Johnstown. Corresponsal |

Era un empresario de éxito. Empezó en el garaje de su casa y diez años después empleaba a más de 400 personas. Hace unos meses, saltó a la


“Me metí en esta campaña porque creo que Estados Unidos está embarcado en una lucha por su supervivencia. Vamos por el mal camino”, dice Tim Burns, candidato republicano en las elecciones anticipadas a la Cámara de Representantes en el distrito 12 de Pensilvania. Una treintena de personas escuchan a Burns en las afueras de Johnstown, vieja ciudad siderúrgica encajonada entre las colinas del oeste del estado, en un parque consagrado a los caídos locales en las guerras que Estados Unidos ha librado desde la Primera Guerra Mundial.

Este político novato de 42 años, aún tímido con la prensa y asombrado del eco nacional de su campaña, es la última estrella de los republicanos. El movimiento Tea Party, de marcado sello anti-Washington, con el que dice sentirse identificado, y la ex candidata a la vicepresidencia, Sarah Palin –entre otras figuras de la derecha estadounidense–, le apoyan.

Si mañana Burns derrota a Mark Critz, el rival demócrata, los republicanos no sólo tendrán un nuevo congresista en el Capitolio, sino que arrebatarán al partido de Barack Obama un bastión que ha controlado durante más de tres decenios.

“Esta elección es un referéndum sobre la Administración Obama”, avisa después del mitin. El candidato basa la campaña en el rechazo a la reforma sanitaria, iniciativa clave de la presidencia de Obama, tachada de intervencionista –incluso de socialista– por los republicanos.

Burns también cita, entre los argumentos de su candidatura, “el gasto descontrolado”, “la amnistía para los inmigrantes ilegales” y la ley para combatir el cambio climático con la compraventa de emisiones de CO2.

La elección de mañana –anticipada por la muerte del congresista John Murtha, que ocupaba el escaño desde 1974– es la primera con efectos nacionales desde la adopción de la reforma sanitaria.

Con todas las prevenciones que exige una elección de ámbito regional en un país de más de 300 millones de habitantes, representa la primera oportunidad para tomar la temperatura del país tras la reforma.

La elección en este distrito también es un aperitivo de las legislativas de noviembre, en las que los demócratas pueden perder el control del Congreso. Una derrota demócrata sería un aviso para el presidente.

En Johnstown, y en todo el distrito 12, John Murtha era una especie de cacique local: un político benefactor y clientelista, experto en extraer inversiones y fondos del Gobierno federal para su región, con frecuencia bajo sospecha de corrupción. Esta región culturalmente conservadora consiguió un desarrollo inusual en otras regiones vecinas en declive.

Resulta chocante ver en una ciudad de provincias como Johnstown un aeropuerto con tres vuelos diarios directos a Washington. El aeropuerto se llama John Murtha Aiport. El sábado por la tarde no había ni un alma, aparte de un guardia de seguridad; el restaurante estaba cerrado.

Sin las subvenciones que Murtha arrancó de Washington –200 millones de dólares en el último decenio, según algunos cálculos– el aeropuerto probablemente no existiría, o sería un simple aeródromo municipal.

Es difícil en Johnstown encontrar a alguien que hable mal de Murtha. Incluso entre los republicanos, ideológicamente opuestos a todo lo que el congresista representaba: gasto público, inversiones federales y tejemanejes de Washington.

“La elección del martes no es sobre Murtha”, responde Burns cuando se le pregunta por su opinión sobre el fallecido. No quiere meterse en ese terreno.

Más que demócrata, el distrito 12 era murthiano. Critz, su rival demócrata, trabajaba con el congresista y, como el republicano, se opone al aborto, defiende el derecho a portar armas y se opone a la reforma sanitaria.

En las elecciones presidenciales del 2008, el republicano John McCain batió a Obama en este distrito. Aquí el presidente cae mal, incluso entre los suyos.

Cuando, durante la campaña de las presidenciales, se refirió a “los pueblos de Pensilvania” azotados por el paro en los que la gente “está amargada y se agarra a las pistolas o a la religión”, firmó su condena.

En el mitin de Tim Burns, uno de los oradores, un militar llamado Ben Smith, dijo: “Pues sí, tiene razón. Queremos nuestras pistolas. Queremos nuestra religión”. De Johnstown, la obamamanía pasó de largo

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